lunes, junio 22, 2009
viernes, enero 30, 2009
lunes, diciembre 15, 2008
ESMEGMA
Aún en esta celda puedo sentir ese asqueroso aroma acercándose a mi cara, ese respirar agitado que presagiaba mi terrible desgracia. Noche tras noche el recorrer de sus dedos por mis labios untando esa horrenda sustancia, sustancia de la desgracia y deshonra. Sustancia que aun después de veinte y cinco años me evoca los peores años de mi vida.
Aquella noche en que volví a oler ese aroma putrefacto comenzaron a volver mis pesadillas, el frio de la madrugada en que sentía sus pasos acercarse a mi habitación, en el momento justo en que se abría la puerta dejando entrar aquella sombra abominable que avanzaba hacia mi. Todavía somnolienta mi olfato era quien me advertía de la abyección de aquella sombra. Noche tras noche, aquella sombra y aquel maldito aroma inundaban mi habitación, las interminables duchas, jabones, perfumes y pastas dentales no eran suficientes para quitarme aquel aroma que me atormentaba en el día y volvía por las noches.
Extraño era mi despertar con mis ropas movidas de sus lugares, en ocasiones sin mi ropa interior, manchas extrañas en mi cama y ese horroroso aroma que se concentraba en mi rostro, en mis labios y mi boca. Puedo recordar los regaños de mi madre diciéndome “una señorita no se toca por las noche ni amanece de estas formas por las mañanas”, “pervertida” y otras tantas que ya prefiero olvidar. Siempre temerosa de mi estricta y ausente madre nunca pude explicarle el porque de mi amanecer, el porque de mi mal dormir, el temor hacia la oscuridad y la necesidad de ducharme durante horas. Y no podía explicarle la fobia que sentía hacia mi padre, una fobia que me paralizaba cada vez que el se me acercaba aunque fuese solo para darme un beso de saludos o despedida.
Mi madre aquella siútica adicta al clonazepam que para no engordar prefirió no tener más hijos que a mí. Que compraba compulsivamente sin importar el costo o la utilidad de un producto, solo para ocultar su tristeza y fracaso. Que jamás hablo de su familia para no recordar que provenía de una miserable familia campesina de upelientos comunistas del sur, de esos que expropiaron a los grandes latifundistas. Que ocultaba sus indios cabellos negros con tinturas rubias, que siempre trato de ocultar sus rasgos de mujer mapuche con capas y capas de maquillaje sin poder conseguirlo, ya que para todos sus cercanos siempre fue “la india”, la que llego del sur como una simple aseadoras de una oficina bancaria y enamoro a un joven funcionario, mi padre que provenía de familia de bien, que siempre recalco su apellido de origen vasco, de sus primos de gran posición social y sus abuelos que tenia en algún lugar de Euskadi. Pero de tanto querer aparentar lo que no eran mato su amor, ella queriendo ser una mujer que no era y el aparentando ser un gran ejecutivo cuando no era mas que un administrador de medio pelo. Y yo que al nacer solo destruí el poco de amor que si alguna vez existió fue efímero, ya que naci tan india como Pelantaru o Lautaro, de esos sin mezcla, india como de las que ya no hay.
Yo no existía para mis padres, solo me nombraban es sus pelea culpándose uno al otro por mi fisonomía. Cada día las riñas entre ellos se hacían mas fuertes y no tardaron en llegar a los golpes. Aun puedo ver el día en que mi padre comenzó a golpear en la habitación a mi madre, yo me acerque a la puerta entreabierta y pude observar el momento en que de una sola bofetada la lanzo sobre la cama abalanzándose sobre ella para romperle la blusa y quitarle la falda, obligándola a abrir sus piernas mientras ella gritaba desconsolada, algo extraño sucedió en ese momento de furia y dolor. Fue cuando sentí ese olor que llegaba a mi, noche tras noche durante años. Atemorizada grite sin darme cuenta, fue cuando mi padre se detuvo y dirigió su mirada hacia mi, yo lo mire fijamente a los ojos y al instante corrí hacia mi habitación. Hubo horas de silencio sepulcral hasta el anochecer.
Ya acostada aquella imagen de violencia me impedía dormir ya que cada vez que cerraba los ojos volvía ese terrible recuerdo, cerca de las tres de la madrugada fue cuando comenzó el ritual de cada noche. Esos pasos acercándose lentamente hacia mi cuarto, la sombra entrando y acercándose hacia mi y aquel aroma que solo recordarlo me produce nauseas, pero aquella noche estaba despierta y trate de gritar, en el momento en que esa siniestra sombra se sentó junto a mi y sentí la voz de mi padre, quien viéndome despierta solo me pidió silencio, que nada malo me iba a pasar, yo me paralice cuando pude verle a los ojos y darme cuenta que era mi padre quien cada noche llegaba a mi cuarto.
Comenzó acariciando mi rostro, besando mi mejilla, con su mano izquierda contuvo mis gritos y con la derecha desabotono su ropa interior dejando salir su pene gordo y sucio, fue ese exacto momento en que pude darme cuenta de donde emana ese olor maldito que ha sido el calvario de mi vida. Al darse cuenta de que estaba petrificada por el miedo, comenzó a deslizar suavemente su mano por mi cuerpo levantando mi camisa de dormir recorriendo mis pechos sin dejar de masturbarse secretando la siniestra sustancia la cual recogía con sus dedos para esparcir por mi cara, untándola en mis labios. Seguía recorriendo mi cuerpo hasta mi entrepierna la que comenzó a acariciar con cierto cuidado primero sobre mi calzón para luego, con delicadeza ir quitándolo poco a poco. Por un momento detuvo su masturbación para admirar mi vagina, pero solo un momento ya que volvió con más fuerzas en el momento en que con sus enormes dedos comenzó a recorrerla, su respiración se agito como la de un perro después de correr por una pelota y tomo mi mano, la que pudo sobre su maldito miembro y comenzó a moverla hasta que todo acabo, limpiando con mis sabanas su horrenda huella de maldad, descansando un momento junto a mi para recobrar su aire y volver a su cuarto como un gran hombre de familia.
Esa noche no hubo llanto ni gritos solo mi silencio, silencio que solo el miedo que acompaña mi vida puede entender.
A la mañana siguiente solo hubo una frase para mi “no te atrevas a contárselo a tu madre” y fue a trabajar, con la imagen de buen padre que proyectaba, al que la sociedad respetaba. Aquella sociedad infame que vive de imágenes vacías, tratando de mostrar una irrealidad que todos aceptan como verdad.
Cada noche mi padre volvía a mi habitación y una y otra vez todo se repetía, pero cada noche su abyección aumentaba escarbando más y más en mi inocencia. Paso de ser algo a oscuras y en silencio, hasta aquella noche en que la luz fue encendida y mi cuerpo fue descubierto por completo.
Durante el día el horror también se hacia presente con la violencia que ejercía mi padre a mi madre, la cual ya casi no se defendía de sus abusos, el clonazepan la tenia en un estado tal que era solo un cuerpo no persona. Un cuerpo que era arrastrado hasta su cama donde mi padre la usaba como quisiese y aun así no podía satisfacer sus perversas necesidades.
Una tarde como hoy, cuando esa puerta quedo abierta observe como el la violaba dando fuertes bofetadas a su cara y profiriendo los mas graves insultos jamás escuchados y mi gran error fue haber querido defender a una mujer que nada ha hecho por mi. Ya que antes que sus fuerzas se acabaran entre a aquella habitación para tratar de parar aquel sufrimiento de mi madre. Y de solo una bofetada caí semiinconsciente al suelo, de donde el me tomo y me llevo en sus brazos a mi cama, teniendo latente sus necesidad me desnudo sin mayores cuidados, él que aun vestía algo de ropa, se desnudo en un instante posándose sobre mi. “Hija de puta” fue la única palabra que escuche antes de sentir al mas terrible dolor que he sentido en mi vida, sentir sus penetraciones una y otra vez. Cientos de gritos y llantos pidiendo socorro y nada vino en mi ayuda, ni siquiera ese dios al que tanto le roge. La sangre que derrame por mis piernas fue la señal de que estaba sola y solo tendría que vivir.
Ahora entenderá señor abogado por que asesine a mi esposo en la noche de bodas, entiende por que tome ese cuchillo y lo clave cientos de veces en su pecho, por que cercene su miembro y por que ahora soy un poco más feliz. Pues lo asesine al recordar mis pesadillas, al recordar mi asquerosa infancia, al volver a oler ese asqueroso esmegma que recorría su pene. Si señor abogado fue el volver a oler ese esmegma que evoca mi vida triste y oscura. Ese mismo aroma que hoy puedo sentir en esta celda, pero se que aquí esa sombra no volverá, creo que aquí encontré la felicidad.
domingo, noviembre 02, 2008
Cristianas Ninfomanas

martes, septiembre 23, 2008
jueves, agosto 28, 2008
Capitulo Aparte de Barbara Mundt
Mundt, Bárbar. Capitulo Aparte. Mundt Ediciones.
Etiquetas: cuentos, erotismo, masturbacion femenina
martes, agosto 19, 2008
PUNTO "G"
Etiquetas: punto g
